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Curado por dentro y por fuera

DOMINGO VII PER ANNUM
19 de febrero de 2.009

Cuando a los pocos días volvió Jesús a Cafarnaún, se supo que estaba en casa. Acudieron tantos que no quedaba sitio ni a la puerta. Él les proponía la palabra.
Llegaron cuatro llevando un paralítico y, como no podían meterlo, por el gentío, levantaron unas tejas encima de donde estaba Jesús, abrieron un boquete y descolgaron la camilla con el paralítico. Viendo Jesús la fe que tenían, le dijo al paralítico: Hijo, tus pecados quedan perdonados.
Unos escribas, que estaban allí sentados, pensaban para sus adentros: ¿Por qué habla éste así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados, fuera de Dios? Jesús se dio cuenta de lo que pensaban y les dijo: ¿Por qué pensáis eso? ¿Qué es más fácil: decirle al paralítico "tus pecados quedan perdonados" o decirle "levántate, coge la camilla y echa a andar"? Pues, para- que veáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados, entonces le dijo al paralítico: Contigo hablo: Levántate, coge tu camilla y vete a tu casa. Se levantó inmediatamente, cogió la camilla y salió a la vista de todos.
Se quedaron atónitos y daban gloria a Dios, diciendo: Nunca hemos visto una cosa igual.
Marcos 2, 1-12  

Si a muchos de nosotros se nos pusiera en la alternativa de elegir entre la salud física y la salud moral, entre la curación de una parálisis y el perdón de nuestros pecados, seguro que en general nos decidiríamos por lo primero, sobre todo si tenemos perdido el sentido de Dios y ahogado el sentido del pecado.

Por supuesto que es un deber moral del hombre mirar por la salud propia y ajena, hasta el punto de que incucurriríamos en pecado si descuidáramos negligentemente el bienestar corporal En este sentido los avances de la medicina y las conquistas quirúrgicas son la nueva providencia de Dios a través de los hombres y una manera científica de ejercer virtuosamente la caridad fraterna. Precisamente uno de los sentidos de los milagros curativos de Cristo es significar la presencia eficaz y misericordiosa de Dios en medio de los enfermos y débiles, y una prueba acreditativa de que el Reino de Dios ha comenzado, de que el Mesías salvador ya anda en medio de su pueblo realizando su misión curadora.

Pero volviendo a la alternativa arriba expuesta, por muy importante y gratificante que sea la salud del cuerpo, cuando el hombre vive y sufre su condición de pecador y reconoce ante Dios las rupturas afectivas con Él y con los hermanos, entonces el hombre de sensibilidad moral prefiere mil enfermedades físicas antes que verse privado del amor a Dios y a los hermanos. Porque es tal calidad y cantidad de vida interior que se obtiene cuando nos liberamos de los ídolos del poder, del tener y del placer y servimos amorosamente a Dios y nuestro prójimo, que no hay felicidad y plenitud comparables a ese estado de bienestar teologal y fraterno, fruto ante todo del tacto y contacto con Cristo, singular protector en las enfermedades y médico exquisito de nuestras almas.

Esa robustez espiritual, esa salud del espíritu, ese plenitud de amor divino y humano, hace exclamar a sus beneficiarios en medio incluso de terribles enfermedades aquello de Santa Teresa: “dad salud o enfermedad..., que a todo digo que sí”, avezados y acostumbrados como están a dar “dar gracias a Dios siempre y en todo lugar”, quedando atónitos y dando gloria a Dios diciendo: “nunca hemos visto una cosa igual”. 

                               Juan Sánchez Truijillo


LA VIDA NUEVA DE LA FE
(DOMINGO VII. T.O.)
19 febrero 2006 

"Entró de nuevo en Cafarnaún; al poco tiempo, había corrido la voz de que estaba en casa. Se agolparon tantos que ni siquiera ante la puerta había ya sitio, y él les anunciaba la Palabra. Y le vienen a traer a un paralítico llevado entre cuatro. Al no poder presentárselo a causa de la multitud, abrieron el techo encima de donde él estaba y, a través de la abertura que hicieron, descolgaron la camilla donde yacía el paralítico. Viendo Jesús la fe de ellos, dice al paralítico: «Hijo, tus pecados te son perdonados.» Estaban allí sentados algunos escribas que pensaban en sus corazones: «¿Por qué éste habla así? Está blasfemando. ¿Quién puede perdonar pecados, sino Dios sólo?» Pero, al instante, conociendo Jesús en su espíritu lo que ellos pensaban en su interior, les dice: «¿Por qué pensáis así en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: "Tus pecados te son perdonados", o decir: "Levántate, toma tu camilla y anda?" Pues, para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados - dice al paralítico -: "A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa."» Se levantó y, al instante, tomando la camilla, salió a la vista de todos, de modo que quedaban todos asombrados y glorificaban a Dios, diciendo: «Jamás vimos cosa parecida.»" (Mc 2,1-12)

En el Evangelio de este domingo. hay una mezcla, aparentemente ilógica y hasta enredosa, entre la curación del paralítico y el perdón de sus pecados. Hasta el punto de que algunos se pregunten qué tiene que ver una cosa con otra. Cuando me parece que es algo perfectamente comprensible y hasta bonito, porque nos lleva a la profundidad del relato. 

Creo que hay que partir de aquí: lo central en este pasaje no es la curación corporal, sino el perdón de los pecados. De hecho, esto es lo que escandaliza a los escribas. Y, para mayor claridad, Jesús dice que la curación de la enfermedad es un signo, para que crean que Él (Jesús) tiene poder para perdonar pecados. 

Ese es, pues, el centro. ¿Cuál es su sentido e importancia? Debemos tener claro lo que significa "blasfemar". Es algo así como plantar cara a Dios y ponerse en su lugar desplazándolo. Cuando los escribas oyen que Jesús se apropia el poder de perdonar, lo rechazan porque eso lo puede hacer sólo Dios. Es decir, Jesús se estaba proclamando Dios. 

¡Y era verdad! Jesús, para "probárselo", les ofrece el signo de la curación: Pues, para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados... 

Este es el sentido del relato. Su importancia reside en que la acción de Jesús va más allá de lo corporal. Toca y afecta la entraña misma del ser humano. Hasta el punto de renovarlo de raíz. Aquel que se encuentra con Jesús y deja que le "toque", no sólo encuentra salud corporal, sino que, sobre todo, se convierte en una criatura nueva. Es, en verdad, una nueva creación salida de las manos de Dios. Esta es la razón del escándalo de algunos de sus oyentes. Y esta es la fuente de la vida nueva, de la nueva manera de ser y de comportarse que, de manera espontánea, nace en el curado-renovado. 

También nosotros nos debatimos en la misma dificultad. Para muchos, la relación con Dios no va más allá de asegurar la "curación" exterior. Y se produce la cercanía para con Él en los momentos en que necesitamos conseguirla: enfermedad, apuro de cualquier tipo, dificultades, exámenes... Sin preocuparnos, muchas veces, de cuál es nuestra vida y de cómo esta debe cambiar al contacto con ese Dios salvador, que, en Jesucristo, nos regala una vida nueva. Por eso, compaginamos prácticas creyentes con actitudes totalmente paganas. Nuestra vida no se diferencia para nada de la de aquellos que se dicen no creyentes. Y lo único que buscamos en Dios es que nos solucione nuestros problemas, sin que nos interese, ocupe y preocupe la nueva vida que de Él se deriva. 

La fe o afecta a la vida o no es fe. 

                      Miguel Esparza Fernández


 TUS PECADOS QUEDAN PERDONADOS
(Domingo VIIº del T.O. Ciclo B)
23 febrero 2003

“Llegaron cuatro llevando un paralítico, y, como no podían meterlo por el gentío, levantaron unas tejas encima de donde estaba Jesús, abrieron un boquete y descolgaron la camilla con el paralítico. Viendo Jesús la fe que tenían, le dijo al paralítico: Hijo, tus pecados quedan perdonados...
Se levantó inmediatamente, cogió la camilla y salió a la vista de todos”
(Mc 2,1-12) 

Dos cosas muy importantes aparecen en este trozo del Evangelio de Marcos. En primer lugar, la identidad de Jesús: es el rostro histórico del proyecto eterno de salvación del Padre. Es decir, Jesús viene a cumplir, entre nosotros y para nosotros, la decisión eterna de Dios, que quiere la salvación de todos los hombres. Por eso, se hace pecado por nosotros, para que podamos superar y vencer el mal. 

El obstáculo para la unión con el Padre era el pecado del hombre. Por eso, el quehacer de Jesús consiste en llevarlos de nuevo a la comunión con el Padre, y, desde ahí, a la armonía con todo lo creado. Esta es la verdadera curación de Jesús: el perdón de los pecados. “Tus pecados quedan perdonados”. En Jesús, Dios está siempre dispuesto a renovar al ser humano. La acción de Jesús que perdona los pecados manifiesta la característica propia del Dios de la alianza: el que busca continuamente establecer y mantener la amistad con el ser humano. Es lo que ha sucedido a lo largo de toda la historia de la salvación, pero que, ahora, en Jesús, se advierte con toda claridad: ha sido constante la voluntad de Dios de reconstruir a su criatura, a pesar de las continuas traiciones y abandonos de esta. La historia de la salvación es, así, la narración constante del perdón divino, que tiene como objetivo que el hombre pueda ser verdaderamente él mismo: imagen y semejanza del autor de la vida. 

En segundo lugar, otra cosa aparece muy claramente en este evangelio: la enfermedad es consecuencia visible del pecado. Por eso, perdonado este, se cura aquella. Es decir, la enfermedad no es un castigo que manda Dios. El verdadero problema es el pecado. De él derivan tantos males como afligen al ser humano ¡y que tantas veces achacamos a Dios, dudando incluso de su bondad! 

Acércate a Jesús. Acéptalo en tu vida. Veras cómo tú cambias y te renuevas. Verás cómo tu relación con los demás y con la creación entera es mucho más armoniosa. 

                             Miguel Esparza Fernández


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